El término “cristofobia” suele atribuirse a J. H. H. Weiler, jurista y académico judío especializado en derecho europeo e internacional, especialmente a partir de su libro de 2003 Una Europa cristiana, donde lo emplea para describir la incomodidad o aversión de ciertos sectores intelectuales europeos hacia el reconocimiento de la herencia cristiana de Europa. El concepto circuló en debates afines al llamado “laicismo agresivo”, aunque no es un sinónimo exacto. Hoy en día, la cristofobia no solo no ha desaparecido, sino que se ha acrecentado y continuará haciéndolo.
Quizás todavía creemos que las persecuciones tienen que ver solamente con ciertos lugares del mapa geográfico -sin dudas, en muchos de ellos esto ocurre de manera real y evidente-. Pero lo que viene antes del retorno glorioso de nuestro Señor Jesucristo es un tiempo de tribulación para la iglesia.

¿Para qué iglesia? Para la iglesia que cumple su rol profético; la que dice cosas que la gente no quiere escuchar, la que dice cosas que los gobiernos no quieren escuchar, la que dice cosas que el sistema no quiere escuchar.
En defensa de la familia yo suelo decir: “Qué bueno que vengan hijos”, porque el propósito de Dios es que el mundo siga multiplicándose por medio de los hijos. Sin embargo, hoy ese mensaje resulta contradictorio y contracultural con lo que el sistema del mundo y el espíritu del anticristo quieren imponer como agenda. Cuidado.
Entonces hago una pregunta: ¿es la iglesia actual una iglesia sufriente? Y si no estamos sufriendo, surge una segunda pregunta: ¿estaremos cumpliendo verdaderamente nuestro rol profético?
Porque cada vez que la iglesia se levanta para cumplir su rol profético, de una u otra manera aparecen niveles de persecución. Si no, pregúntenle a Martin Luther King, quien en las décadas del cincuenta y del sesenta del siglo pasado se levantó, desde un lugar profético, para decir: “No podemos vivir en una sociedad donde las personas sean separadas por el color de su piel”.
¿Y qué hicieron con Martin Luther King en una democracia? Lo persiguieron y finalmente lo mataron, como mataban a los profetas, tal como Jesús lo había dicho.
La iglesia de Cristo en las naciones no está para que el sistema la aplauda. La iglesia de Cristo está para denunciar el pecado con la gracia y el amor de Cristo, pero haciendo la tarea que tiene que hacer.
Pienso en lo que el Señor le dice a Esmirna: “Yo conozco tus obras, y tu tribulación… No temas en nada lo que vas a padecer”. (Apocalipsis 2:9a-10)

